ملاحظة

África blanca se desmarca de ‘democraturas’ y enseña el camino a seguir al resto del continente

ábado 19 de Marzo de 2011 00:43
Pedro Nolasco Ndong Obama

DESMORALIZACIÓN POLÍTICA

En 1989, Francia, en nombre del colonialismo y con la anuencia del imperio, convocó en la Baulé la conferencia sobre la ‘democracia hoy en África’. Condicionó cualquier tipo de ayuda al desarrollo y de cooperación con la instauración sistemas democráticos plurales, el respeto escrupuloso de los derechos humanos y de las libertades públicas y fundamentales.Los dictadores de turno, pávidos, introdujeron tibias reformas en sus constituciones conforme al modelo francés, dando así origen a ‘democraturas’ neocoliniales e imperialistas.

¿Cuáles han sido los resultados 22 años después?
¿Por qué ahora, precisamente ahora, no quieren a Gadafi, Ben Alí y Hosni Mubarak?
¿Quién será el próximo de una lista quizás aún por confeccionar?

La banalización y la desmoralización política, unidos por el neocolonialismo, el imperialismo y la explotación despiadada de los recursos naturales del continente africano están llegando a su clímax. Hartos de la represión neocolonial e imperialista, las víctimas de tales abusos políticos, sociales, económicos y de alienación cultural han comenzado a despertarse de un eterno letargo que durante décadas les ha mantenido al margen de cualquier resistencia y de raciocinio como únicos depositarios de su propio destino histórico, de la historia que les ha tocado vivir.

La denominada Revolución de los Jazmines, pacíficamente iniciada a principios de este año 2011 en Túnez de Zin el Abidine Ben Alí, rápidamente llegó a Egipto de Hosni Mubarak, antes de sacudir la Libia de Muamar el Gadafi, líder de la Gran Jamahiriya Árabe y guía y decano de los desmanes sociopolíticos de África blanca.

Esto no estaba en el guión de la hipocresía y el cinismo. No estaba en la agenda neocolonialista e imperialista de quienes intercambian trigo por petróleo. Allí les tenemos desquiciados, desorientados y aturdidos, balbuceando sobre qué otro mejor instrumento sociopolítico inventar para seguir controlando una situación que de repente parece que se les escapa de las manos. Hay que saludar los levantamientos populares que se registran en el Norte de África, si bien queda por ver si sus pueblos estarán a la altura de forjar su propio destino al margen de los dictámenes de los gendarmes norteamericanos y occidentales.

Este es el nudo de la cuestión. No obstante la lectura más importante en torno a la Revolución de los Jazmines es que tiende a desmarcarse de las democraturas impuestas por el neocolonialismo y el imperialismo que en los últimos veinte años no han hecho nada más que conducir al continente africano a la deriva, ante la impotencia de unos y la complicidad de otros.

La revolución norteafricana marca un importante hito histórico, si no las pautas hacia una efectiva transición democrática, hacía la única solución que deben adoptar los países negroafricanos para sacudir y terminar con dictaduras y tiranías ignominiosas, siempre bendecidas por el imperialismo y potencias democráticas occidentales, y dar paso a unos procesos revolucionarios que, como los de Túnez, Egypto y Libia, abarcan a la sociedad en su conjunto y sin cruces de dominación extranjera.

Sin embargo, aquello no será posible si los nuevos líderes continúan pertrechados, como sus predecesores, a los dictámenes e imposiciones de los guardianes del mundo que, en defensa de sus intereses económicos, geopolíticos y geoestratégicos, han creado un círculo vicioso y trivial para perpetuar a África en el abismo.

No quieren un equilibrio sociopolítico con suficiente capacidad para competir en el mercado internacional con sus gigantescas multinacionales en igualdad de condiciones. Bajo variadas excusas, como la inmigración, el terrorismo y el fundamentalismo ideológico, los éstos gendarmes no dudan en endiosar a déspotas que defienden sus intereses a capa y espada aniquilando a sus propios paisanos y endemoniar a quienes predican la democracia y el nacionalismo, porque no están seguros de que una vez en el poder seguirán amparando ciegamente sus incumbas.

Tras la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, África quedó aún más a merced de los dioses del mercado. De estos que predican unos valores sociopolíticos que no defienden en África. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos civiles y políticos, económicos, sociales y culturales y demás pactos y convenciones internacionales que exhiben de cara galería, se vuelven simples papeles mojados cuando se trata de África.

Tal hipocresía y cinismo está originando sus primeras consecuencias en África del norte. El continente dispone de 53 Estados y sólo cinco de ellos son blancos: Argelia, Marruecos, Egipto, Túnez y Libia. Y de los 48 Estados negroafricanos a penas un puñado han ejemplificado la democracia pluralista: Malí, Senegal, Sudáfrica, Botswana, Namibia, Benín, Ghana, Cabo Verde, Nigeria y Santo Tomé y Príncipe. El resto perviven entre democraturas, dictaduras blandas o férreas y corruptas, y algunos que otros están a punto de ilustrar transiciones a la democracia: Mozambique, Kenya, Liberia, Sierra Leona, Guinea Konakry, Níger y Mauritania.

Visto y vivido lo que ha ocurrido y ocurre en Túnez, Egipto y Libia, los países democráticos occidentales y Estados Unidos deben preparar para lo peor, porque la gran mayoría de los regimenes que aplauden y apoyan en África negra, a menos que inician a corto y mediano plazo procesos de efectiva transición democrática, están condenados a la Revolución de los Jazmines, que en África negra puede ser más sangrienta de lo que hoy vivimos en Libia.

¿Dónde está la diplomacia preventiva ampliamente impresa en diversos tratados y convenciones internacionales, siempre promovidos por las potencias mundiales?
¿Hay que esperar que ocurra lo que vemos en Libia para que las Naciones Unidas y su miope Consejo de Seguridad adopten decisiones firmes para combatir el nepotismo y las dictaduras férreas y sangrientas que anidan en gran parte de los países subsaharianos?

La famosa y grandilocuente Carta de las Naciones Unidas es suficientemente explícita en sus propósitos y principios, como éste que dice: Mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin: tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz”.

Y ¿qué tipo paz y de seguridad internacionales se mantiene mirando para otro lado cuando se producen graves escándalos de violación de los derechos humanos y de las libertades públicas y fundamentales ampliamente denunciadas por las fuerzas vivas internas, la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra y otras organizaciones internacionales en materia de derechos humanos?

La Conferencia de Baulé y Unión Europea ponderaron a finales de los ochenta que cualquier tipo de cooperación con los países negroafricanos, en particular, se basará en la implementación de sistemas democráticos abiertos y plurales y en el respeto escrupuloso de los derechos humanos y las libertades públicas y fundamentales. Incluso, hubo cierto período entre, 1990 y 1994, en que la Unión Europea se destacó por sus exigencias y condenas a los países negroafricanos notorios en quebrantar principios democráticos y respeto de los derechos humanos, entre ellos, la Guinea Ecuatorial del déspota Teodoro Obiang, en el poder desde 1979.

¿Qué pasó para que de repente la Unión Europea abandonase dicha política?

La respuesta es firme y clara: banalización y desmoralización de la política en su más amplia faceta. Los intereses geoestratégicos y económicos están más que nunca por encima de la dignidad humana y de los principios morales. Hoy ningún país occidental se osa a defender la moral pública cuando se registran escándalos de corrupción política y de violación de los derechos humanos en África. Lo hemos vivido hace poco con la incursión marroquí en el Sahara y no hace mucho que la entonces Secretaria de Estado norteamericana definió al déspota Teodoro Obiang como el mejor amigo de Estados Unidos. Ni qué decir del último viaje del presidente del Congreso español, José Bono al corrupto y sanguinario ‘negrito’ de Malabo. A ojos vistos, estamos viviendo igualmente la caótica situación que se registra en Costa de Marfil, donde un anciano alcohólico se resiste en salir del poder tras perder elecciones presidenciales.

La crisis de Costa de Marfil es un ejemplo muy claro de hasta qué punto la desmoralización política se ha adueñado de quienes controlan los destinos del mundo: Estados Unidos y Unión Europea.

¿Cuánta gente más debe morir en Costa de Marfil para que intervenga el famoso Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas?

Si en Libia han tolerado la masacre de un loco aferrado al poder, algo que ya se veía venir desde hacía tiempo, qué es lo que no van a tolerar en África y máxime la parte habitada por negros. En 1994, estando el neocolono Kofi Annan al frente del Consejo de Seguridad, éste participó y toleró los genocidios de Rwanda y Burundi. Igualmente el Consejo vivió y toleró la masacre de Darfur, para más tarde actuar la marioneta Corte Penal Internacional de la Haya. Una institución que siempre actúa al dictamen de los dueños del mundo y del mercado, y siempre de forma arbitraria e interesada. El procesamiento de Charles Taylor, el sanguinario de Liberia echado del poder por los propios liberianos, junto al procesamiento del líder congoleño Jean Pierre Bemba, escenifican el desbarajuste de una Corte Penal Internacional guiados por intereses espurios, racistas y neocolonialistas.

¿De qué acusan exactamente Jean Pierre Bemba?

El líder congoleño, es el único que hasta la fecha puede constituir un contrapoder contra el cleptómano Joseph Antoine Kabila e incluso hacerse con la presidencia del país y restablecer la paz y la unidad tan deseadas por los congoleños desde el asesinato por la CIA y Bélgica del líder negro Patrice Emèry Lumumba en 1961. Bemba, hoy víctima de la ira de los neocolonos congoleños y occidentales, fue el ganador de las últimas elecciones presidenciales en su país, pero los resultados serían amañados por el imperio y sus consortes occidentales, simplemente para seguir manteniendo el statu quo, que no es otro que el saqueo y despilfarro de los recursos naturales de la República Democrática del Congo por las gigantes multinacionales norteamericanas y occidentales.

Los dueños y amos del mundo tildan de victimista a los negroafricanos y se quejan de que se les culpa de todos los males del continente. Una sinrazón más en el quehacer político.

No es menos cierto que los africanos, los gobernantes africanos, son los principales responsables de todo el caos sociopolítico, económico y cultural que se vive en el continente desde la accesión a las independencias, hace cincuenta años. Pero ninguna lectura coherente, honesta y humanamente consentida se puede hacer sobre la historia negroafricana sin ahondar de cómo están siendo manipulados, mareados y distorsionados por Norteamérica y Occidente.

Los más recientes escándalos, ejemplos más que claros de tal manipulación y distorsión se han registrado recientemente en los siguientes países, entre otrios: Liberia, donde el nacionalista y ex futbolista Goerge Weah ganó las elecciones frente a la neocolonialista Ellen Johnson-Sirleaf que, apoyado por Estados Unidos, fue proclamada presidente. En Gabón, los franceses otorgaron la victoria al hijo y heredero de su padre, Alí Ben Bongo Odimba frente al verdadero ganador, André Mba Obame. Costa de Marfil está al borde de otra guerra civil, porque el presidente derrotado Luarent Gbagbo no quiere salir del poder tras ser derrocado en las presidenciales por el africanista Alassane Dramane Ouatarra. Ni qué decir del rey del pequeño Kuwait de África, Teodoro Obiang Nguema, quien bajo la atenta vigilancia de la Unión Europea y de Estados Unidos se mantiene imbatible con el cien por ciento de los votos en todos los procesos electorales registrados en el país tras la proclamación oficial del pluralismo político. Y así un país tras otro.

En el peor de los casos la criminalidad y la corrupción de los tiranos africanos están ampliamente denunciadas y demostradas en el mundo occidental y norteamericano. Por ejemplo, todos los países civilizados saben que el tirano de Guinea Ecuatorial, familia y entorno más próximo poseen tan sólo en Europa y Estados más de 50.000 mil millones de dólares en efectivo y en bienes. En fin, Muamar el Gadafi y la Revolución de los Jazmines no han hecho nada más que demostrar al mundo entero y por enésima vez los límites insoportables en que ha llegado la banalización y la desmoralización política de quienes lideran y guían los destinos del mundo.

Y luego critican a China, que es uno de los países más coherente en sus relaciones con los países africanos, porque nunca habla de derechos humanos y demás libertades. Va abiertamente y a ojos vistos a por sus intereses económicos y comerciales y no se compromete con los asuntos internos sean de la magnitud que fuesen.

Conclusión: independientemente de lo que hagan los propios africanos, el futuro del continente para alcanzar sus aspiraciones de desarrollo, democracia y libertad, depende en lo que hagan sobre el terreno y no sobre el papel o la demagogia los occidentales y norteamericanos. Y queda dicho para que nadie, como hoy en el caso de Libia, alegue motivos de ignorancia el día de mañana: los africanos ya no quieren más corredores humanitarios que no llegan hasta la conciencia de los tiranos de turno.

Los africanos abogan por la diplomacia preventiva ampliamente ponderada por la Carta de las Naciones Unidas y demás instrumentos legales internacionales y no unas intervenciones militares y humanitarias que tienen como transfondo la manipulación y la distorsión. Los africanos condenan la desmoralización política, el cinismo y la hipocresía de los gendarmes del mundo. Como dice un escritor de mi país: la humanidad caída.

¿Por qué no se calla la Corte Penal Internacional?

Si tan importante dice ser y quiere dar un ejemplo parecido a la justicia, que empiece por juzgar a los responsables de la invasión y masacres de civiles inocentes de Vietnam, Irak, Afganistán. Que empiece por juzgar a los presuntos autores del asesinato del líder negro Patrice Lumumba. Si menos trabajo prefieren, por allí andan sueltos e impunemente los tiranos y presuntos autores de variados crímenes de lesa humanidad: Teodoro Obiang Nguema de Guinea Ecuatorial, Lurent Gbagbo de Costa de Marfil, Denis Sassou Ngueso de Congo Brazzaville, Joseph Antoine Kabila de la República Democrática del Congo, Paule Kagame de Rwanda, Blais Campaoré de Burkina Faso, Alí Ben Bongo de Gabón, Mohamed VI del Reino de Marruecos, Robert Gabriel Mugabe de Zimbabwe, Mwai Kibaki de Kenya, Issaias Afeworki de Eritrea, Maswati III de Suazilandia, etc., porque más trabajo les daría encausar a José María Aznar de España, Tony Blair del Reino Unido o George W. Bush de Estados Unidos.

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